Debido a la cantidad de Erasmus y estudiantes de otros programas que somos por aquí, a cada oficina internacional se le da un número determinado de entradas. A Söderstöns Högskola sólo le correspondieron 75, por lo que todos los que quisimos ir a la recepción tuvimos que estar en la universidad a las ocho de la mañana (se daban a las nueve) para hacernos con una de las preciadas invitaciones.
Raquel y yo llegamos a eso de las ocho y cinco y fuimos el número 18 y 19. Fue curioso que siendo los de Björnkulla los que vivimos más cercanos a la universidad, recogiéramos las entradas sólo once: Annika, Konrad (ambos alemanes), Mila, Matthew, Chevy (sudafricanos), Catherine (creo), Anne, Benedikt (alemanes), Raquel y yo. Se ve que la gente prefiere dormir.
El escenario, un edificio precioso desde donde hay unas vistas de la Estocolmo preciosas, y también nosotros mismos hicimos que la velada fuera especial. No es que fuera nada del otro mundo, sólo un discurso del alcalde, de Matthew (por primera vez desde que estoy aquí le entendí a la perfección porque intentó no tener acento) y un buffet. Había mucha comida y barra libre. Ni que decir tiene que el vino tuvo un éxito enorme. A las 7 y media empezaron a cerrar las puertas en una indirecta muy directa de que la recepción había acabado.
No es que durase mucho, ni que la comida fuera excepcionalmente buena (alguna lo era), pero fue especial. Por unas horas, nos sentimos importantes comiendo y hablando en el salón donde se realiza el banquete de los Premios Nóbel.
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