Ya llevo viviendo en Suecia más de una semana. No sé si eso es suficiente para crearte una idea general de cómo son los suecos. Me han sorprendido mucho. Supongo que al igual que la creencia de que España es sólo sol es errónea, la de que los suecos son fríos y distantes tampoco es del todo cierta.
El viernes después de llegar a Estocolmo había quedado con el landlord (el casero, que resultó ser una agencia para estudiantes) para que me diera las llaves del piso antes de lo que se había programado. Tuve la suerte de tener a mis padres conmigo porque probablemente hubiera desistido de buscar la dirección a los 15 minutos. Aún con la ayuda de un GPS nos fue imposible encontrar el nº 21 de Regulatorvägen en Flemingsberg. El mail que me habían mandado no decía nada de cómo llegar, así que preguntamos a un chico de la estación de tren de allí que lo miró en Internet y nos dio una dirección...pero nosotros cogimos la contraria (llevábamos GPS, ¿cómo nos íbamos a perder?). Tras vagar más de media hora alrededor de la dirección correcta (un polígono industrial) y buscar por todos el lados el 21 entre el nº 11 y el 15, porque no había más números, decidimos preguntar.
Entramos en una de las naves y con alegría vimos que nos respondía una mujer chilena. No es que en inglés no nos hiciéramos entender (a través de mí), pero poder explicarte en español te tranquiliza mucho. Entre ella y su compañero Oscar (éste sí era sueco) encontraron el 21 y él nos llevó en coche. Y en ese momento entendimos porqué nuestras búsquedas habían quedado en nada: el lugar que buscábamos estaba por detrás de un edificio en el que no había indicaciones de qué números tenía.
La persona que me iba entregar las llaves resultó ser un estudiante que parecía tener más bien poca idea, que sólo me hizo firmar y que sólo me dio las llaves. Si no fuera por Oscar que nos ayudó en todo, habló con el chico y, además nos llevó a mi residencia y luego a la estación, mi idea de los suecos en esos momentos sería bastante pésima pero hubiera empeorado drásticamente al ver el “apartamento”. No había absolutamente nada; bueno sí, un somier, suciedad y una mancha enorme en mi pared. Nada de luces, mesa, cortina para la ducha...nada. Sabía que mi apartamento iba a ser espartano por las fotos que había visto, pero aquello no tenía nada que ver. Para colmo de males, los nombres en los buzones parecían todos suecos.
Hay que decir que Björnkulla, que es donde está mi residencia, sólo tiene árboles, no hay nada alrededor. Mi residencia está compuesta de cuatro edificios de dos plantas donde viven 8 personas en cada una y donde hay una cocina y una lavandería común. Para hacer cualquier cosa tienes que ir a Huddina (una parada de tren antes) o a Tumba (2 paradas después). Es un poco deprimente si estás acostumbrado a tener todo a 5 minutos andando. Además, al lado de la estación de tren y a 10 minutos de nuestra residencia hay una cárcel...bueno, al menos es sólo para aquellas personas que todavía no han tenido un juicio. Hay que pensar en positivo.
De ahí, que en esos momentos no estaba asustada, sino aterrada. Sólo me quedaba la pequeña esperanza de que el lunes, día de entrega de las llaves estuviera mejor. Así que en tren nos volvimos a Estocolmo en un estado más que penoso.
El fin de semana intentamos olvidarnos un poco del apartamento y disfrutamos de Estocolmo. Es una ciudad preciosa, muy limpia y muy calmada, algo que después nos enervaría. Estocolmo está
dividida en varias islas y distintos puentes conectan unas con otras. Las bicicletas son las dueñas de la ciudad y hay carriles bicis en todas las calles. Me llamó mucho la atención los pocos coches que había por las calles. En Madrid en las calles centrales como Gran Vía o La Castellana no es extraño ver, y oír, el tráfico. Pero aquí es todo diferente, a no ser que ser realmente necesario no utilizan el claxon y no hay tráfico, excepto en la salida de la ciudad porque están en obras.
Por otro lado, hay que decir que la fama de las suecas (y suecos) es cierta. El 99% son altas, delgadas, rubias y guapas; y si son grandes, no son gordas, sino eso, grandes. Eso sí, casi no se pueden diferenciar unas de otras. Todas visten de blanco y negro, o, en su defecto, gris. Además, la ropa que llevan es siempre igual, pantalones pitillo o leggins y camiseta holgada.
Disfrutan mucho del sol, son como lagartijas, en el momento que se ve un rayo de sol salen en tropel a la calle. Aunque no hiciera mucho calor, se les veía a todos en ropa de verano, paseando, tomando un café en las terrazas, etc. Supongo que se debe a la ausencia de luz durante el invierno, porque aprovechan el verano mucho más que los españoles, aunque también es verdad que aquí no hace 40º C a las tres de la tarde.
El Palacio Real, Skansen, Vassa y la ciudad vieja, entre otros lugares de Estocolmo, nos hicieron olvidar la mala experiencia del viernes. Pero el lunes era el día de la entrega de llaves oficial y, por tanto, de protestar por las condiciones de la habitación, así como para pedir un edredón y una almohada. Alquilamos un coche para llevar las maletas y fuimos primero a mi habitación para ver si había algo más. Nos encontramos con cortinas en las ventanas y en la ducha, así como 2 cajas para una mesa. ¡Incluso había flexos! Un poco más tranquilos, fuimos a Södertörns Högskola. Allí había dos personas entregando llaves y ¡edredones y almohadas! No sólo eso, con las llaves se daba un sobre con la planificación de la semana, una tarjeta para el teléfono móvil e información sobre dónde ir a comprar, etc. La mujer que nos atendió pertenecía a Huge, la agencia propietaria del piso, pasó los problemas de muebles a la universidad dado que ellos sólo ponían la habitación. Supongo que el problema de “vaya a la ventanilla de al lado” que se da en España es internacional.
Tras dejar las maletas, fuimos al LIDL, al IKEA (que resultó ser un poco más barato que en España) y al ICA (un supermercado de aquí no muy caro). Con las toallas, la alfombra, la comida, etc. en la habitación volvimos a nuestro hotel de Estocolmo.
El martes sería el día de dormir en la habitación, de montar la mesa a cacerolazo limpio porque no teníamos martillo (aunque se suponía que nos tenían que montar la mesa) y de encontrar por fin algún español por aquí. Tras irse mis padres al hotel, estuve hablando con los del pasillo, un finlandés que tiene en su habitación 2 sofás y una tele (es remarcable porque nosotros no tenemos nada), dos amigas de éste, una sudafricana y Benedict, un alemán de otro edificio.
El miércoles conocí a los demás erasmus de la zona, españoles, alemanes, franceses, polacos y una chica inglesa. Nos dieron mucha información sobre Suecia y la universidad. Es de agradecer que te den una semana de orientación para que te vayas acostumbrando. Poco a poco vas conociendo a la gente y te haces tu pequeño grupillo. La mayoría va hacia los que hablan su idioma.
Ese día tuve que despedirme de mis padres. Siempre he creído que decir adiós es más fácil si eres tú el que se va. En esta ocasión tuve cuatro días para decir adiós, pero el miércoles fue el definitivo. Si las otras veces era yo la que cogía el avión, en ésta resulté ser yo la que se quedaba. Si no hubiera sido porque sabía que en la cocina del edificio d había erasmus españoles y franceses hablando, me hubiera ido directamente a la cama. Al menos, pasé unas horas hablando en inglés que es de lo que se trata, ¿no?
El viernes después de llegar a Estocolmo había quedado con el landlord (el casero, que resultó ser una agencia para estudiantes) para que me diera las llaves del piso antes de lo que se había programado. Tuve la suerte de tener a mis padres conmigo porque probablemente hubiera desistido de buscar la dirección a los 15 minutos. Aún con la ayuda de un GPS nos fue imposible encontrar el nº 21 de Regulatorvägen en Flemingsberg. El mail que me habían mandado no decía nada de cómo llegar, así que preguntamos a un chico de la estación de tren de allí que lo miró en Internet y nos dio una dirección...pero nosotros cogimos la contraria (llevábamos GPS, ¿cómo nos íbamos a perder?). Tras vagar más de media hora alrededor de la dirección correcta (un polígono industrial) y buscar por todos el lados el 21 entre el nº 11 y el 15, porque no había más números, decidimos preguntar.
Entramos en una de las naves y con alegría vimos que nos respondía una mujer chilena. No es que en inglés no nos hiciéramos entender (a través de mí), pero poder explicarte en español te tranquiliza mucho. Entre ella y su compañero Oscar (éste sí era sueco) encontraron el 21 y él nos llevó en coche. Y en ese momento entendimos porqué nuestras búsquedas habían quedado en nada: el lugar que buscábamos estaba por detrás de un edificio en el que no había indicaciones de qué números tenía.
La persona que me iba entregar las llaves resultó ser un estudiante que parecía tener más bien poca idea, que sólo me hizo firmar y que sólo me dio las llaves. Si no fuera por Oscar que nos ayudó en todo, habló con el chico y, además nos llevó a mi residencia y luego a la estación, mi idea de los suecos en esos momentos sería bastante pésima pero hubiera empeorado drásticamente al ver el “apartamento”. No había absolutamente nada; bueno sí, un somier, suciedad y una mancha enorme en mi pared. Nada de luces, mesa, cortina para la ducha...nada. Sabía que mi apartamento iba a ser espartano por las fotos que había visto, pero aquello no tenía nada que ver. Para colmo de males, los nombres en los buzones parecían todos suecos.
De ahí, que en esos momentos no estaba asustada, sino aterrada. Sólo me quedaba la pequeña esperanza de que el lunes, día de entrega de las llaves estuviera mejor. Así que en tren nos volvimos a Estocolmo en un estado más que penoso.
El fin de semana intentamos olvidarnos un poco del apartamento y disfrutamos de Estocolmo. Es una ciudad preciosa, muy limpia y muy calmada, algo que después nos enervaría. Estocolmo está
dividida en varias islas y distintos puentes conectan unas con otras. Las bicicletas son las dueñas de la ciudad y hay carriles bicis en todas las calles. Me llamó mucho la atención los pocos coches que había por las calles. En Madrid en las calles centrales como Gran Vía o La Castellana no es extraño ver, y oír, el tráfico. Pero aquí es todo diferente, a no ser que ser realmente necesario no utilizan el claxon y no hay tráfico, excepto en la salida de la ciudad porque están en obras.Por otro lado, hay que decir que la fama de las suecas (y suecos) es cierta. El 99% son altas, delgadas, rubias y guapas; y si son grandes, no son gordas, sino eso, grandes. Eso sí, casi no se pueden diferenciar unas de otras. Todas visten de blanco y negro, o, en su defecto, gris. Además, la ropa que llevan es siempre igual, pantalones pitillo o leggins y camiseta holgada.
Disfrutan mucho del sol, son como lagartijas, en el momento que se ve un rayo de sol salen en tropel a la calle. Aunque no hiciera mucho calor, se les veía a todos en ropa de verano, paseando, tomando un café en las terrazas, etc. Supongo que se debe a la ausencia de luz durante el invierno, porque aprovechan el verano mucho más que los españoles, aunque también es verdad que aquí no hace 40º C a las tres de la tarde.El Palacio Real, Skansen, Vassa y la ciudad vieja, entre otros lugares de Estocolmo, nos hicieron olvidar la mala experiencia del viernes. Pero el lunes era el día de la entrega de llaves oficial y, por tanto, de protestar por las condiciones de la habitación, así como para pedir un edredón y una almohada. Alquilamos un coche para llevar las maletas y fuimos primero a mi habitación para ver si había algo más. Nos encontramos con cortinas en las ventanas y en la ducha, así como 2 cajas para una mesa. ¡Incluso había flexos! Un poco más tranquilos, fuimos a Södertörns Högskola. Allí había dos personas entregando llaves y ¡edredones y almohadas! No sólo eso, con las llaves se daba un sobre con la planificación de la semana, una tarjeta para el teléfono móvil e información sobre dónde ir a comprar, etc. La mujer que nos atendió pertenecía a Huge, la agencia propietaria del piso, pasó los problemas de muebles a la universidad dado que ellos sólo ponían la habitación. Supongo que el problema de “vaya a la ventanilla de al lado” que se da en España es internacional.
Tras dejar las maletas, fuimos al LIDL, al IKEA (que resultó ser un poco más barato que en España) y al ICA (un supermercado de aquí no muy caro). Con las toallas, la alfombra, la comida, etc. en la habitación volvimos a nuestro hotel de Estocolmo.
El martes sería el día de dormir en la habitación, de montar la mesa a cacerolazo limpio porque no teníamos martillo (aunque se suponía que nos tenían que montar la mesa) y de encontrar por fin algún español por aquí. Tras irse mis padres al hotel, estuve hablando con los del pasillo, un finlandés que tiene en su habitación 2 sofás y una tele (es remarcable porque nosotros no tenemos nada), dos amigas de éste, una sudafricana y Benedict, un alemán de otro edificio.
El miércoles conocí a los demás erasmus de la zona, españoles, alemanes, franceses, polacos y una chica inglesa. Nos dieron mucha información sobre Suecia y la universidad. Es de agradecer que te den una semana de orientación para que te vayas acostumbrando. Poco a poco vas conociendo a la gente y te haces tu pequeño grupillo. La mayoría va hacia los que hablan su idioma.
Ese día tuve que despedirme de mis padres. Siempre he creído que decir adiós es más fácil si eres tú el que se va. En esta ocasión tuve cuatro días para decir adiós, pero el miércoles fue el definitivo. Si las otras veces era yo la que cogía el avión, en ésta resulté ser yo la que se quedaba. Si no hubiera sido porque sabía que en la cocina del edificio d había erasmus españoles y franceses hablando, me hubiera ido directamente a la cama. Al menos, pasé unas horas hablando en inglés que es de lo que se trata, ¿no?
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